El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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El hijo de Biscarrat

Los bretones de la isla estaban orgullosos de aquella victoria; pero Aramis; no les alentaba y decía a Porthos:

—Lo que va a suceder es que, despertada la cólera del rey por la resistencia, una vez la isla en su poder, lo que de seguro diezmada o abrasada.

—Esto quiere decir que no hemos hecho nada útil —replicó Porthos.

—Por lo de pronto sí —repuso el obispo—, pues tenemos un prisionero, por boca de quien sabremos qué preparan nuestros enemigo.

—Interroguémosle —dijo Porthos—, y el modo de hacerle hablar es sencillísimo: le convidamos a cenar, y bebiendo se le desatará la lengua.

Dicho y hecho. El oficial, un poco inquieto al principio, se tranquilizó viendo con quién tenía que habérselas y, sin temor de comprometerse, dio todos los pormenores imaginables sobre la dimisión y la partida de D’Artagnan y sobre las órdenes que dio el nuevo jefe para apoderarse de Belle-Isle por sorpresa.

Aramis y Porthos cruzaron una mirada de desesperación, ya no podían contar con las ideas de D’Artagnan, y por consiguiente con ningún recurso en caso de derrota.


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