El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Continuó su interrogatorio; Herblay preguntó al prisionero cómo pensaban tratar las tropas reales a los jefes de Belle-Isle, y al responderle aquél que había orden de matarlos durante el combate y de ahorcar a los supervivientes, cruzó otra mirada con Porthos.
—Soy muy ligero para la horca —repuso Herblay—; a los hombres como yo no se les cuelga.
—Y yo soy demasiado pesado —dijo Porthos—; los hombres como yo rompen la soga.
—Estoy seguro de que hubiéramos dejado a vuestra elección el género de muerte —dijo con finura el prisionero.
—Mil gracias —contestó con formalidad el obispo.
—Vaya pues a vuestra salud este vaso de vino —dijo Porthos bebiendo.
Charlando se prolongó la cena, y el oficial, que era hidalgo de buen entendimiento, se aficionó al ingenio de Aramis y a la cordial llaneza de Porthos.
—Una pregunta, con perdón —dijo el prisionero—, y excusad mi franqueza el que nos hallemos ya en la sexta botella.
—Hablad —dijo Aramis.
—¿No servíais los dos en el cuerpo de mosqueteros del difunto rey?
—Sí, y que éramos de los mejores —respondió Porthos.