El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —¡Oh! ¡Oh! —exclamó uno de ellos al llegar a la luz—. ¡Qué pálido estás!
—Verde, querrás decir —repuso otro.
—¿Yo? —exclamó Biscarrat esforzándose en llamar a sà todas sus fuerzas.
—La cosa es seria, señores —dijo otro.
—Le va a dar algo. ¡Quién trae sales!
Interpelaciones y burlas se cruzaban en torno de Biscarrat, como se cruzan en el campo de batalla los proyectiles.
—¿Qué queréis que haya visto? —dijo Biscarrat, rehaciéndose bajo aquel diluvio de interrogaciones—. Cuando he entrado en la gruta tenÃa mucho calor, y en ella me ha dado frÃo.
—Pero ¿y los perros? ¿Los has visto?
—Es de suponer que hayan tomado otro camino —respondió Biscarrat.
—Señores —dijo uno de los guardias—, en lo que pasa y en la palidez de nuestro amigo hay un misterio que Biscarrat no puede o no quiere revelar. Es indudable que Biscarrat ha visto algo en la gruta, y yo también quiero verlo, aunque sea el diablo. ¡A la gruta, señores; a la gruta!
—¡A la gruta! —repitieron todos.
—¡Señores! ¡Señores! —exclamó Biscarrat poniéndose delante de sus compañeros para cerrarles el paso—. ¡Por favor, no entréis!