El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Señor de Biscarrat —dijo Aramis comprendiendo su silencio—. Si no hubiésemos tenido en consideración vuestra juventud y nuestra antigua amistad con vuestro padre, a estas horas ya no viviríais; pero todavía podéis escaparos de aquí si nos dais palabra de no decir a vuestros compañeros nada de lo que habéis visto.

—No sólo os empeño mi palabra en cuanto a lo que me pedís, sino también os la doy de que haré todo lo posible para evitar que mis compañeros entren en esta gruta.

—¡Biscarrat! ¡Biscarrat! —gritaron desde afuera varias voces que se engolfaron cual torbellino en el subterráneo.

—Responded —dijo Aramis.

—¡Aquí estoy! —gritó Biscarrat.

—Podéis marcharos; descansamos en la fe de vuestra palabra —repuso Herblay, soltando al joven, que tomó el camino de la entrada.

—¡Biscarrat! ¡Biscarrat! —gritaron más cerca las voces, al tiempo que se proyectaban en el interior de la gruta las sombras de algunas formas humanas.

Biscarrat se abalanzó al encuentro de sus amigos para detenerlos.

Aramis y Porthos escucharon con la atención de quien se juega la vida a un soplo del aire.

Biscarrat llegó a la entrada de la gruta seguido de sus amigos.


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