El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Biscarrat se encontró entre una protección y una amenaza, casi tan terrible la una como la otra.
Aunque valiente, Biscarrat lanzó una exclamación, que Aramis ahogó al punto metiendo un pañuelo en la boca de aquél.
—Señor de Biscarrat —dijo Herblay en voz baja—. No os queremos mal, como debéis saberlo si nos habéis conocido; pero si proferís una palabra, si exhaláis un suspiro, nos veremos forzados a mataros como hemos matado a vuestros perros.
—Sí, os conozco, señores —contestó también con voz remisa el joven—. Pero ¿por qué estáis aquí? ¿Qué hacéis en este sitio? ¡Desventurados! Creía que estabais en el fuerte.
—Y vos, ¿qué condiciones habéis obtenido en nuestro favor?
—He hecho cuanto ha estado en mis manos, señores; pero…
—¿Pero qué?
—Hay orden formal, señores.
—¿De matarnos?
Biscarrat no atreviéndose a decirles que había orden de ahorcarlos, no respondió.