El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Preguntémoslo a Biscarrat; él lo sabe.
—¿Dónde está Biscarrat?
—Está muerto —respondieron dos o tres.
—No —replicó otro.
—Por fuerza conoce a los que están dentro.
—¿Por qué?
—¿No ha estado prisionero entre los rebeldes?
—Es verdad. Llamémosle, pues, y sepamos por su boca contra quién nos las vemos.
—Para nada necesitamos de él; nos llegan refuerzos —dijo el otro oficial.
En efecto, llegaba una compañÃa de guardias compuestas de setenta y cinco a ochenta individuos, a la que en su ardor por la caza dejaron atrás sus oficiales, que ahora salieron al encuentro de sus soldados, y con elocuencia fácil de concebir les explicaron la aventura y solicitaron su ayuda.
—¿Dónde están vuestros compañeros? —preguntó el capitán.
—Están muertos.
—¿Pero no erais diez y seis?
—Han perecido diez. Biscarrat está en la caverna, y estamos aquà los cinco restantes.
—¿Luego Biscarrat está prisionero? —Es probable.