El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Mucho; pero la mitad se quedarán fuera para rendirnos por hambre. Lo que necesitamos es destruirlos a todos, pues un solo hombre que sobreviva nos pierde.
—Es verdad; pero ¿cómo atraerlos?
—No moviéndonos.
—Pues no nos movamos; pero ¿y cuando estén todos reunidos?
—Dejadlo en mi mano; se me ha ocurrido una idea.
—Si es asÃ, con tal que la idea que se os ha ocurrido sea buena… y debe serlo… estoy tranquilo.
—Al acecho, Porthos, y contad los que entren.
—¿Y vos?
—No os preocupéis por mÃ; no estaré ocioso.
—Creo que oigo voces.
—Son ellos. A vuestro sitio, y haced que podamos oÃrnos y tocarnos.
Porthos se refugió en el segundo compartimiento, completamente obscuro, empuñando una barra de hierro de cincuenta libras de peso que habÃa servido para hacer rodar la barca y que manejaba con facilidad maravillosa. Aramis entró en el tercer compartimiento, se agachó y empezó la maniobra misteriosa.
Mientras tanto los bretones empujaban la barca hasta la playa.