El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Apenas pudo concluir sus última palabra; el impulso de la caída aumentó el peso; la enorme peña se sentó, cargada por las otras, y abismó a Porthos en una sepultura de rotas piedras. Al oír la expirante voz de su amigo, Aramis dejó de guardia a uno de los tres bretones en la barca, saltó en tierra seguido de los otros dos, provistos de una palanca, y se encaminó hacia donde oía el último estertor del intrépido Porthos. Herblay, centelleante, magnífico, joven como a los veinte años, se abalanzó a la triple mole, con sus manos delicadas como las de una mujer, levantó por un milagro de vigor una de las esquinas de la inmensa sepultura de granito. Entonces vislumbró en las tinieblas de aquella fosa la todavía brillante mirada de su amigo, a quien la peña levantada por un instante había devuelto la respiración. Al punto Aramis y los dos bretones se agarraron a la palanca de hierro, y con su triple esfuerzo intentaron, no levantar la peña, sino sostenerla al aire. Todo fue inútil: los tres se vieron forzados a ceder lentamente y con dolor de su corazón. Porthos, al verles agotar sus fuerzas en lucha estéril, murmuró burlonamente estas palabras supremas que le llegaron a los labios con el postrer aliento:

—¡Pesa demasiado!

Después se empañaron los ojos, palideció su rostro, le blanquearon las manos, y el titán lanzó el postrer suspiro.


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