El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—¿Los han hecho prisioneros o los han matado? —exclamó D’Artagnan palideciendo—. ¡Ah! Sire, si supierais lo que me decís, si estuvierais seguro de que me decís la verdad, olvidaría cuanto hay de justo y magnánimo en vuestras palabras para llamaros rey bárbaro y hombre desnaturalizado. Pero os perdono esas palabras —añadió D’Artagnan sonriéndose con orgullo—; se las perdono al joven príncipe que no sabe ni puede comprender lo que son hombres de talla de Herblay, Vallón y yo. ¿Prisioneros o muertos? ¡Ah! Sire decidme si la nueva es cierta, cuántos hombres y cuánto dinero os ha costado, y luego veremos si la ganancia corresponde al juego.

—Señor de D’Artagnan —repuso el rey acercándose al mosquetero y con acento colérico—, esa es la respuesta de un rebelde. ¿Me hacéis el favor de decirme quién es el rey de Francia? ¿Sabéis que haya otro?

—Sire —respondió con frialdad el capitán de mosqueteros—, recuerdo que una mañana, en Vaux, hicisteis la misma pregunta a varias personas, sin que ninguna de ellas, excepto yo, os respondiese. Si aquel día, cuando no era fácil, os conocí, es ocioso que me lo preguntéis ahora que estáis a solas conmigo.

Al oír esto, Luis XIV bajó los ojos; le pareció que entre él y D’Artagnan acababa de pasar el espectro del infortunado Felipe para evocar el recuerdo de aquel terrible suceso.


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