El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Entonces no los toman vivos, yo os respondo de ello.
—¡Ah! —dijo con disciplina el rey, y tomando otra vez la carta—. Bueno, los tomarán muertos, y resultará lo mismo, pues el tomarlos no era más que para colgarlos.
D’Artagnan se enjugó el sudor que le humedecÃa la frente.
—Ya os he dicho —continuó Luis XIV— que con el tiempo seré para vos un amo afectuoso, magnánimo y constante. Sois el único hombre del pasado, digno de mi cólera o de mi amistad; según sea vuestra conducta, no os escatimaré ni la una ni la otra. ¿Serviréis vos a un rey que tuviese que competir con otros cien reyes sus iguales en el reino?, ¿con tal debilidad, harÃa las grandes cosas que medito? ¡Lejos de nosotros la levadura de los abusos feudales! La Fronda, que debÃa perder la monarquÃa, la ha emancipado. Soy señor en mi Estado, y tendré servidores que tal vez no os iguales en ingenio, pero que llevarán su devoción y su obediencia hasta el heroÃsmo. ¿Qué importa que Dios no haya dado inteligencia a los brazos y a las piernas, cuando se la da a la cabeza que hace obedecer al cuerpo? La cabeza soy yo.
El mosquetero se estremeció, pero el rey, aunque advirtiendo aquel estremecimiento, continuó como si tal cosa.