El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Bueno, ahora hagamos los dos el pacto que os prometà un dÃa que, en Blois, os parecà muy pequeño, y agradecedme que no haga pagar a nadie las lágrimas que entonces derramé. Mirad a vuestro derredor: las cabezas más altas están encorvadas. Encorvaos vos como ellas, o elegid el destierro que más os convenga. Puede que reflexionándolo halléis que soy generoso al contar lo bastante con vuestra lealtad para separarme de vos sabiendo que estáis descontento, cuando poseéis el secreto del Estado; pero sé que sois caballero completo. ¿Por qué me habéis juzgado antes de tiempo? Juzgadme en adelante y con toda la severidad que os plazca.
D’Artagnan quedó aturdido, mudo, indeciso; por la primera vez en su vida acababa de encontrar un adversario digno de él.
—¿Qué os detiene? —preguntó con suavidad el rey—. ¿Queréis que no os admita la dimisión? Ya yo sé que será duro para un veterano capitán el quedarse con su mal humor.