El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—No es eso lo que me da cuidado, Sire —repuso con melancolía el gascón—. Si titubeo en retirar mi dimisión, es porque ante vos soy viejo, y tengo hábitos difíciles de perder. Lo que necesitáis son cortesanos que sepan divertiros, locos que se hagan matar por lo que llamáis vuestras grandes obras: que grandes serán, lo presiento; pero… ¿y si a mí no me parecen tales? Sire, he visto la guerra y la paz; he servido a Richelieu y a Mazarino; me curtí al fuego de La Rochela con vuestro padre, tengo el cuerpo hecho una criba, y, como las serpientes, he mudado nueve o diez veces de pellejo. Después de afrentas e injusticias, poseo un mando que en otro tiempo era algo, porque daba derecho a hablar con toda franqueza al rey. En adelante vuestro capitán de mosqueteros será un oficial de escaleras abajo. En verdad, Sire, si tal debe ser en lo sucesivo el empleo, aprovechaos de que estamos completamente solos para quitármelo; no os guardaré rencor; como decís, me habéis domado, por más que al hacerlo me habéis empequeñecido, y al encorvarme, me habéis hecho ver mi debilidad. ¡Si supierais cuánto le llena a uno llevar la cabeza erguida, y qué cara voy a poner oliendo el polvo de vuestras alfombras! ¡Ah! Sire, lamento de todo corazón, y vos como yo, el tiempo en que el rey de Francia veía en sus vestíbulos aquellos hidalgos insolentes, flacos, maldicientes, intolerables, pero que en el día de la batalla mordían mortalmente. Hombres tales son los mejores cortesanos para la mano que los alimenta, pues la lamen; pero para la mano que los castiga reservan las dentelladas. Pero ¿a qué hablar de eso? El rey es mi señor, y quiere que componga versos, que con zapatos de raso pula los mosaicos de sus antesalas; difícil es, pero cosas más difíciles he hecho todavía. Lo haré, Sire, y no por la paga, pues tengo dinero; ni porque sea ambicioso, pues mi carrera es limitada, ni porque ame la corte. No, Sire, me quedo, porque hace treinta años tengo la costumbre de presentarme al rey para tomar la consigna, y de oír que el rey me da las buenas noches con una sonrisa que no mendigo, pero que la mendigaré en adelante. ¿Estáis contento, Sire?


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