El hombre de la máscara de hierro

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—D’Artagnan —dijo el rey sonriéndose con benevolencia—, puedo hacer tomar a Herblay en territorio español y que me lo traigan para ajusticiarle; pero no cederé a este natural y primer impulso. ¿No está libre?, pues que continúe así.

—No siempre seréis tan clemente, tan noble y tan generoso como acabáis de serlo conmigo y con Herblay, Sire; ya encontraréis consejeros que os curen de esta debilidad.

—Os engañáis D’Artagnan, al acusar a mis consejeros de querer inducirme al rigor: el mismo Colbert es quien me ha aconsejado que nada hiciera contra Herblay.

—¡El señor Colbert! —exclamó D’Artagnan con estupefacción.

—Respecto a vos —prosiguió el rey con bondad no común en él—, tengo que anunciaros muchas y buenas nuevas; pero ya la sabréis en cuanto haya hecho mis cálculos, mi querido capitán. Os dije que quería labrar vuestra fortuna, y lo cumpliré.

—Gracias mil, Sire, pero como yo puedo esperar, suplico a Vuestra Majestad se digne recibir a unas pobres gentes que hace largo rato están ahí fuera y vienen a poner a los pies del rey una humilde súplica.

—¿Quiénes son?

—Enemigos de Vuestra Majestad: Gourville, Pelissón y un poeta, Juan de la Fontaine, amigos de M. de Fouquet.


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