El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—¿Para qué? Es tan respetable vuestro dolor, amigo mío, que mi deber era no aumentarlo. Haceros saber la desgracia que os aflige, a vuestros ojos hubiera sido hacer alarde de ella. Sí, sabía que el señor de Vallón se había enterrado bajo las peñas de Locmaría, y que el señor de Herblay me ha tomado un buque con su tripulación y se ha hecho conducir a Bayona. Pero quise que lo supierais directamente, para que os convencierais de que mis amigos son para mí respetables y sagrados, y que en mí siempre el hombre se inmolará a los hombres, ya que el rey se ve tan a menudo obligado a sacrificarlos a su majestad y poderío.

—Pero ¿cómo sabéis?…

—Y vos ¿cómo lo sabéis?

—Por esta carta que desde Bayona me escribe Aramis, libre ya de todo peligro —respondió D’Artagnan.

—Aquí tengo yo una copia exacta de lo que os ha escrito Aramis —dijo el rey sacando un papel de una cajita colocada sobre un mueble contiguo al asiento en que el gascón estaba apoyado—; aquí está la carta; Colbert me la ha enviado ocho horas antes de que vos recibierais la vuestra, lo que prueba que estoy bien servido.

—Lo estáis, Sire —contestó el mosquetero—. Es verdad, erais el único hombre capaz de dominar con vuestra fortuna la fortuna y la fuerza de mis amigos. Habéis usado, Sire, pero me animo a creer que no abusaréis, ¿no es verdad?


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