El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Al llegar aquÃ, el silencio mortal que encadenaba el aliento de los dos amigos de Pelissón, fue interrumpido por los sollozos de aquéllos, y D’Artagnan, a quien ya el corazón parecÃa querer saltársele del pecho al escuchar aquella humilde súplica, tuvo que volver el rostro hacia el rincón del gabinete para morderse con libertad el bigote y reprimir sus suspiros.
El rey conservó secos los ojos y severo el rostro; pero se sonrojó, y visiblemente menguó la firmeza de su mirada.
—¿Qué deseáis? —preguntó con voz conmovida el monarca.
—Venimos a pedir humildemente a Vuestra Majestad —respondió Pelissón cada vez más conmovido—, que, sin incurrir en su desagrado, nos permita prestar a la señora Fouquet dos mil pistolas recogidas entre todos los antiguos amigos de su esposo, para que a la viuda no le falte lo más necesario a la vida.
A la palabra «viuda», pronunciada por Pelissón, cuando Fouquet todavÃa estaba vivo, Luis XIV palideció intensamente, y se desplomó su orgullo, y la compasión se le subió del corazón a los labios, y mirando con ojos de ternura a aquellos hombres que sollozaban a sus pies, respondió: