El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro El procurador de Porthos, superfluo es decir que era el sucesor de Coquenard, empezó por desplegar con lentitud el gran pergamino en el cual la hercúlea mano de Porthos consignara su última voluntad. Roto el sello, calados los anteojos y soltado el golpe de tos preliminar, todos y cada uno aguzaron el oÃdo, todos, excepto Mosquetón, que, para oÃr menos y llorar más a sus anchas, se habÃa acurrucado en un rincón. De pronto y como por mágicas artes se abrió la puerta de la sala y apareció, en medio de la viva luz del sol, una figura viril. Era D’Artagnan que, llegado al castillo y no habiendo encontrado quien le tuviera el estribo, habÃa arrendado su caballo a la aldaba y se anunciaba a sà mismo. La luz del sol al entrar en la sala, el murmullo de los asistentes y, más que todo, el instinto del perro leal, arrancaron de su abatimiento a Mosquetón, que, al levantar la cabeza y conocer al antiguo amigo de su amo, aulló de dolor y vino a abrazarle las rodillas regando al mismo tiempo las losas con sus lágrimas. D’Artagnan levantó al desesperado mayordomo, le abrazó como un hermano digno, y después de saludar cortésmente a los presentes, que se inclinaron unos hacia otros murmurando su nombre, fue a sentarse al testero de la gran sala en un sillón de encina esculpida, sin soltar la mano de Mosquetón que, con el corazón angustiado, se sentó en un escabel. Entonces el procurador, que estaba conmovido como los demás, empezó la lectura. Empezando con una ardiente profesión de fe, Porthos pedÃa perdón a sus enemigos del daño que pudo haberle causado.