El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Este párrafo hizo brillar de inmenso orgullo los ojos de D’Artagnan, que, recobrando al antiguo Mosquetero y calculando el número de los enemigos que aquél venciera, creyó que Porthos había obrado cuerdamente al no especificarlos y al no recordar los agravios que les infiriera, pues de lo contrario el procurador habría tenido mucho que leer.

Venía luego la enumeración siguiente:

En la hora presente y por la gracia de Dios, poseo: 1°. El Feudo de Pierrefonds con sus tierras de labranza, bosques, prados, aguas y selvas, rodeados de buena cerca; 2°. El feudo de Bracieux, compuesto de castillo, bosques y tierras de pan llevar, distribuidas en tres cortijos; 3°. El pequeño feudo de Vallón, llamado así porque está en el valle; 4°. Cincuenta alquerías en Turena, que suman en conjunto quinientas fanegas; 5°. Tres estanques en el Berrí, que reditúan doscientas libras cada uno. En cuanto a los bienes «mobiliarios», así llamados porque se pueden mover, como tan bien lo explica mi sabio amigo el obispo de Vannes…

Este lúgubre nombre hizo estremecer a D’Artagnan. El procurador continuó imperturbable:

Consisten: 1°. En muebles que dejo de enunciar por falta de espacio, y que alhajan todos mis castillos o casas, pero de los cuales ha hecho el inventario mi mayordomo…


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