El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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¡Padre! ¡Padre!

Una serie funesta de acontecimientos había separado para siempre a los cuatro mosqueteros, en otro tiempo ligados de manera al parecer indisoluble. Athos, solo desde la partida de Raúl, empezaba a pagar tributo a esa muerte anticipada a que llamamos la ausencia de los seres queridos.

De regreso en su casa de Blois, sin tener ni siquiera a su lado a Grimaud para recoger de él una triste sonrisa al pasar por el jardín, Athos sentía cada vez más debilitársele el cuerpo, tantos años conservado al parecer inalterable.

Disimulado por la presencia del objeto amado, el curso de la edad, ésta llegaba ahora con el cortejo de dolores e incomodidades tanto mayores, cuanto más tarde llegan, Athos ya no tenía allí a su hijo para esmerarse en caminar derecho y con la cabeza levantada para dar el buen ejemplo, ni podía regenerar la lama de sus miradas en el foco sin cesar ardiente de los ojos de aquél.

Y luego, aquel hombre tan sensible y reservado, desde el punto que dejó de encontrar dique a los impulsos de su corazón, se entregó en brazos de la pesadumbre con todo el ardor con que los seres vulgares se entregan a la alegría.


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