El hombre de la máscara de hierro

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Así pasó el día, y al fin tornó el hijo de Blaisois, que dijo que el correo no había traído carta para el conde, que debía esperar siete mortales días más a que llegase otro correo, y el conde comenzó la noche en tan dolorosa persuasión.

En las primeras horas de aquella noche mortal, Athos acumuló a sus ya tristes probabilidades, cuantas suposiciones sombrías pueden nacer en la mente de un hombre enfermo e irritado por los padecimientos.

La fiebre invadió el pecho de Athos, en el que prendió fuego inmediatamente, según la expresión del médico que de Blois llevó consigo y en su último viaje al hijo de Blaisois, y tras el pecho invadió la cabeza, que volvió a despejársele gracias a dos sangrías que le hizo el médico, pero que debilitaron al enfermo y sólo le dejaron fuerza de acción en el cerebro.

Y cesó la temible calentura.

Ante aquella mejoría incontestable, el médico se volvió a Blois después de haber dejado algunas prescripciones y dicho que el conde estaba salvado.


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