El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Entonces comenzó para Athos una situación extraña, indefinible. Libre de pensar, su espíritu voló a Raúl, el hijo amado. En su imaginación vio los campos de Atrick en las cercanías de Djidgeli, en donde el duque de Beaufort debía de haber desembarcado ya con su ejército. Por todas partes se veían plomizas peñas reverdecidas a trechos por el agua del mar cuando azota la playa durante las borrascas. Más allá de la playa, cuajada de rocas parecidas a tumbas, entre lentiscos y cactus, se veía como una aldea que ascendía en forma de anfiteatro, envuelta en densa humareda por entre la que se veían pasar despavoridas sombras, y de la que partían confusos clamores.

De pronto y del seno de aquella humareda, salió una llama que, arrastrándose, cubrió toda la aldea, y que, agrandándose poco a poco, englobó en sus rojos torbellinos llantos, gritos, brazos extendidos, maderos que se derrumbaban, hojas de espada retorcidas, piedras calcinadas y árboles abrasados y reducidos a cenizas. Y lo más extraño es que en medio de tal caos, Athos veía brazos levantados, y oía lamentos, sollozos y suspiros, pero no veía figura humana. A lo lejos retumbaban el cañón y la mosquetería, mugía la mar, y los rebaños huían saltando por los verdeantes declives. Pero no se veía un soldado que aplicara la mecha al oído de los cañones, ni un marinero que ayudase a las maniobras de la escuadra, ni un pastor que guiase los rebaños.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker