El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Después de la ruina de la aldea y de la destrucción de los fuertes que la dominaban, ruina y destrucción realizadas mágicamente, sin la cooperación de un ser humano, se extinguió la llama y volvió a subir el humo que, cada vez menos denso, acabó por evaporarse. Las sombras de la noche cubrieron entonces aquel paisaje: noche opaca en la tierra pero clara en el firmamento, en el que las estrellas de primera magnitud, que con tal intensidad refulgen en el cielo africano, brillaban sin iluminar más que a sí mismas.

Sucedió prolongado silencio, que sirvió para reposar por un momento la turbada imaginación de Athos: el cual, comprendiendo que aun no había terminado lo que tenía que ver, fijó con más atención las miradas de su inteligencia en el estupendo espectáculo que le reservaba su imaginación. La luna, pálida y melancólica, se levantó tras las vertientes de la costa, y plateando primeramente los ondulantes pliegues del mar, calmado después de los mugidos con que acompañara la visión de Athos, salpicó de ópalos y diamantes los brezos y los matorrales de la colina. Las grises peñas, cual fantasmas silenciosas y atentas, pareció como que levantaban sus verdosas cabezas para mirar también el campo de batalla a la luz de la luna, campo de batalla que ahora vio Athos sembrado de cadáveres.


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