El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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El alma del conde se estremeció de espanto y de temor al conocer el uniforme azul y blanco de los soldados de Picardía, sus largas picas de asta azul, y sus mosquetes con la flor de lis grabada en la culata; cuando vio aquellas frías y abiertas heridas que miraban el azulado espacio como para reclamarle las almas a las cuales libraran el paso; aquellos caballos despanzurrados, inmóviles, con la lengua fuera de la boca y colgando, dormidos en la coagulada sangre esparcida en torno suyo y que manchaba sus mantillas y sus crines, y el blanco caballo de Beaufort tendido, con la cabeza despedazada, en la primera fila de los muertos, Athos se pasó una helada mano por la frente, y al no hallarla abrasada, conoció que asistía como espectador tranquilo, al día siguiente de una batalla librada en la playa de Djidgeli por el ejército expedicionario que vio abandonar las costas de Francia y desaparecer en el horizonte, del cual había saludado él, con el ademán y con el pensamiento, el último cañonazo mandado disparar por el duque en señal de despedida a la patria. No es para escribir la aflicción mortal con que el alma del conde, siguiendo con escrudiñadores ojos las huellas de aquellos cadáveres, fue mirándoles uno a uno para ver si Raúl dormía entre ellos, ni para explicado el gozo embriagador, divino, con que Athos se inclinó ante el Hacedor y le rindió gracias por no haber visto a aquel a quien buscaba con tanto temor entre los muertos. Muertos que, caídos en su respectiva fila, envarados, yertos, fáciles de conocer, parecían volverse con complacencia y respeto hacia el conde de La Fere para que éste los viera mejor durante su fúnebre inspección.


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