El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Athos, fatigado por la fragosidad del terreno, se detuvo jadeante, mientras Raúl le hacía siempre seña de que le siguiese. El tierno padre, a quien el amor daba nuevas fuerzas, hizo todo lo posible para subir la montaña en pos de su hijo, que le atraía con su ademán y con su sonrisa, y al llegar a la cúspide, vio resaltar como una figura negra y sobre el horizonte blanqueado por la luna, las formas aéreas de Raúl.
Athos tendió la mano para reunirse en la meseta, a su amado hijo, que también le tendía la suya; pero de pronto, y cual si lo arrastrara una fuerza incontrastable, Raúl abandonó la tierra, y Athos vio brillar el cielo entre la colina y los pies de su hijo, que ascendió por los aires hacia el cielo sin dejar de sonreírse y de llamar con el además a su padre.