El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Grimaud apareció en el umbral, pero no el Grimaud que vimos, joven aún por el valor y la devoción, cuando saltó primero que todos en el bote destinado a conducir a Raúl a bordo, sino un anciano pálido y grave, con el traje polvoriento y ralos cabellos plateados por la edad. Grimaud temblaba al apoyarse en la puerta, y cuando de lejos y a la luz de la lámpara vio el rostro de su amo, estuvo a punto de caerse. Grimaud levaba impresa en el rostro la huella de un dolor ya envejecido por un hábito lúgubre. Asà como antes se acostumbrara a no hablar, ahora se acostumbraba a no sonreÃrse. Athos tuvo bastante con una mirada para notar aquella mutación en el rostro de su fiel servidor, y con el mismo tono con que hubiera hablado con Raúl en su sueño, dijo:
—Raúl está muerto, ¿no es verdad, Grimaud?
Los otros criados del conde, con los ojos clavados en el lecho del doliente, escuchaban palpitantes detrás de Grimaud.
—Sà —respondió el anciano, arrancando de su pecho y con un ronco suspiro aquel monosÃlabo.