El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Al oír la respuesta de Grimaud, los criados prorrumpieron en gemidos y lamentos, suspiros y deprecaciones que llenaron la estancia de aquel padre agonizante. Esto fue como la transición que condujo a Athos a su sueño. Sin proferir una palabra, sin derramar una lágrima, paciente, dulce y resignado como los mártires, fijó en el cielo los ojos para ver de nuevo en él y remontándose de la montaña de Djidgeli, la amada aparición que se alejaba de él en el instante de llegar Grimaud. E indudablemente al mirar hacia el cielo y al reanudar su maravilloso sueño, Athos volvió a pasar por los mismos caminos por los cuales le condujera aquella visión a la vez grata y terrible; porque después de haber cerrado suavemente los ojos, los abrió de nuevo y se sonrió respondiendo a la sonrisa que le dirigía Raúl. Indudablemente Dios quiso abrir a aquel elegido los tesoros de la bienaventuranza eterna en la hora en que los demás hombres tiemblan ante la severa justicia del Señor y se aferran a la vida terrenal de ellos conocida, dominados por el terror que les inspira la otra vida, que entreven a la luz tétrica y severa de las antorchas de la muerte. Tras una hora de éxtasis, Athos levantó pausadamente sus blancas manos, imprimió a sus labios una sonrisa y murmuró en voz tan tenue, que apenas fue oída, estas dos palabras dirigidas a Dios o a Raúl: «Aquí estoy». Luego sus manos volvieron a caer lentamente como si él mismo las hubiese descansado en el lecho.


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