El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro El señor de Bragelonne tenía la mirada fija, como si hubiese querido interrogar los movimientos y la mente del cirujano, que a las preguntas de Su Alteza, respondió que de las ocho heridas del vizconde, tres eran mortales, pero que tanta era la robustez del herido, tan fecunda su juventud, y tan misericordiosa la bondad de Dios, que tal vez el señor de Bragelonne sanaría, con la condición, sin embargo, de que no hiciese el más leve movimiento. Y volviéndose hacia sus practicantes, el hermano Silvano añadió: «Sobre todo no lo toquéis con el dedo pues sería quitarle la vida».
Tras estas palabras del cirujano nos salimos todos de la tienda animados de alguna esperanza. El secretario a que más arriba me refiero, al salir le pareció que el vizconde se había sonreído con tristeza al decirle al señor duque con voz cariñosa: «Te salvaremos, Bragelonne, te salvaremos». Mas, al llegar la noche, cuando todos suponíamos que el doliente había descansado, uno de los ayudantes entró en la tienda de aquél, para volver a salir de ella inmediatamente profiriendo lastimeras voces; acudimos todos apresuradamente y en desorden, y el señor duque con nosotros. Entonces, el ayudante nos mostró el cuerpo del señor de Bragelonne, tendido en tierra, al pie de la cama y bañado en el resto de su sangre.