El hombre de la máscara de hierro

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—Pues bien, señor de D’Artagnan —continuó La Valiére—, no me abruméis ahora, por favor os lo pido. Amo con delirio, amo hasta el punto de cometer el sacrilegio de decirlo ante las cenizas de Raúl sin sonrojo y sin remordimiento. ¡Ay! el amor que yo siento es una religión; pero como tarde o temprano me veréis sola, olvidada y desdeñada; como me veréis castigada, compadeceos de mí durante mi efímera dicha, dejadme que goce de ella por algunos días, algunos minutos, si es que todavía dura ahora, si es que ese doble asesinato no está ya expiado.

No había concluido de hablar La Valiére, cuando llamó la atención de D’Artagnan rumor de voces y pisar de caballos: era un amigo del rey, Saint-Aignán, que iba a buscar a Luisa de parte de Su majestad, a quien, dijo aquél, roían los celos y la inquietud.

Saint-Aignán no vio al mosquetero, medio oculto por el tronco de un castaño que sombreaba las dos tumbas.

Luisa dio las gracias al emisario y lo despidió con un ademán.

—Ya lo veis, todavía dura vuestra dicha —dijo D’Artagnan con amargura a la joven.


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