El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —¡Ah! ya sé que la causa de la muerte del vizconde de Bragelonne soy yo —repuso La Valiére juntando las manos—. La nueva de su muerte llegó ayer a la corte, y desde las dos de esta madrugada he recorrido cuarenta leguas para venir a pedir perdón al conde, suponiendo que aun vivÃa, y para suplicar a Dios, sobre la tumba de Raúl, que me envÃe todas las desventuras que merezco, excepto una. Mas ahora que sé que la muerte del hijo ha causado la del padre, ya no tengo que echarme en cara un solo crimen, sino dos, como dos son los castigos que de Dios debo esperar.
—Voy a repetiros lo que Raúl me dijo en Antibes, cuando ya meditaba su muerte: «Si ha sucumbido al orgullo y a la coqueterÃa, la perdono despreciándola; si el amor, la perdono también, jurándole que ningún hombre la hubiera amado como yo».
—Ya sabéis que por amor iba a sacrificarme a mà misma —repuso La Valiére—, como sabéis cuál fue mi dolor cuando me encontrasteis sin sentidos, moribunda, abandonada. Pues bien, nunca he sentido un dolor tan punzante como el de hoy, porque entonces esperaba y deseaba, en tanto que hoy ya no me atrevo a amar sin remordimiento; porque presiento que aquel a quien amo me hará padecer uno por uno todos los tormentos que yo he hecho padecer a los demás.
D’Artagnan, que conocÃa que Luisa no se engañaba, guardó silencio.