El hombre de la máscara de hierro

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Y al ver que la mujer aquella parecía abandonarse por completo a su dolor, y que en medio de sus lamentos y de sus oraciones se echó atrás como si fuese a desmayarse, D’Artagnan, conmovido por amor a sus llorados amigos, se adelantó algunos pasos hacia la tumba para interrumpir el siniestro coloquio de la penitente con los muertos; mas apenas hubo crujido bajo sus pies la arena, la incógnita levantó la cabeza y mostró al mosquetero un rostro amigo y cubierto de lágrimas. Aquella mujer era La Valiére, que murmuró con voz apenas perceptible:

—¡Señor de D’Artagnan!

—¡Vos! —dijo con acento sombrío el mosquetero—, ¡vos aquí! ¡Ah! señora, habría preferido veros adornada de flores en la mansión del conde de La Fere. Vos hubierais llorado menos, ellos y yo también.

—¡Caballero! —repuso Luisa sollozando.

—Porque sois vos la que habéis tendido a esos dos hombres en la tumba —continuó el implacable amigo de los muertos.



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