El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Celebrado el oficio de los difuntos, y dado el postrer adiós a aquellos nobles muertos, los asistentes se dispersaron, hablando, por el camino, de las virtudes y de la dulce muerte del padre, y de las esperanzas que daba el hijo y de su triste fin en las africanas playas. Poco a poco los rumores fueron extinguiéndose como las lámparas encendidas en la humilde nave.
D’Artagnan, que se habÃa quedado solo, al advertir que la noche iba cerrando, se levantó del banco de encina en el cual se sentó en la capilla, se encaminó a la doble huesa que encerraba los cuerpos de Athos y de Raúl para darles el último adiós; una mujer oraba arrodillada sobre la húmeda tierra. D’Artagnan se detuvo en el umbral de la capilla para ver quién era aquella alma piadosa que llenaba con tanto fervor y perseverancia aquel deber sagrado.
La incógnita ocultaba el rostro en las manos, blancas como el alabastro, y con la noble sencillez de su traje se veÃa que era dama de distinción.
En la parte de afuera, algunos criados a caballo y una carroza de camino aguardaban a la incógnita; ésta se pasaba con frecuencia el pañuelo por el rostro; lloraba, y se golpeaba el pecho con la implacable compunción de la mujer cristiana, y D’Artagnan oyó que repetidas veces y con dolor profundo proferÃa la palabra perdón.