El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Por orden del señor duque, ha sido embalsamado el cuerpo del señor vizconde, como lo hacen los árabes cuando disponen que sus restos mortales sean trasladadas a la tierra natal. Además, monseñor ha destinado relevos para que un criado de confianza que educó al señor de Bragelonne, pudiese llevar su féretro al señor conde de La Fere.

—Así —dijo para sus adentros D’Artagnan— seguiré tu muerte, mi amado Raúl, yo viejo ya, yo, que nada valgo ya en la tierra, y esparciré la ceniza sobre esa tu frente que besé todavía no hace dos meses. Tú lo quisiste, y Dios lo ha permitido. Ni siquiera tengo el derecho de llorar, pues tú elegiste tu muerte que te pareció preferible a la vida.

Por fin llegó el momento en que los fríos despojos de aquellos dos hidalgos debían ser restituidos a la tierra; y tal fue la afluencia de militares y paisanos que acudió a rendirles el último tributo, que el camino de la ciudad hasta la sepultura, que era una capilla situada en el llano, se vio inundado de jinetes y peones, todos ellos enlutados.




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