El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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D’Artagnan quedó parado al ver dos ataúdes abiertos en el salón, y al acercarse a una muda señal de Grimaud, vio en uno de ellos a Athos, hermoso aún en la muerte, y en el otro a Raúl; con los ojos cerrados, las mejillas nacaradas como el Palas de Virgilio, y la sonrisa en sus morados labios.

La presencia del padre y del hijo, de aquellas dos almas desaparecidas y representadas en la tierra por dos yertos cadáveres incapaces de acercarse uno a otro por más que casi se estaban tocando, hizo estremecer a D’Artagnan, que exclamó en voz baja:

—¡Raúl aquí! ¡Ah! Grimaud, nada me habías dicho.

Grimaud movió la cabeza sin despegar los labios; pero asió de la mano a D’Artagnan, lo condujo hasta el féretro de Raúl y le mostró bajo el transparente sudario las negras heridas por las que se escapó la vida de aquél. El mosquetero desvió la mirada, y estimando inútil interrogar a Grimaud, recordó que el secretario del duque de Beaufort decía algo más que él no tuvo el valor de leer. Abriendo, pues, nuevamente la relación del combate que costó la vida a Raúl, leyó estas palabras que formaban el último párrafo:


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