El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Tenía las antiguas costumbres de la guerra, es decir, vivir a costa de la tierra conquistada y mantener alegre al soldado y batido al enemigo; el capitán de los mosqueteros del rey ponía todo su empeño en demostrar que sabía su oficio. Nunca se escogieron mejor las ocasiones, nunca se dieron golpes de mano más bien sentados, ni se aprovecharon mejor las faltas de los sitiados; basta decir que en un mes el ejército de D’Artagnan se apoderó de doce pequeñas plazas y puso sitio a trece; la cual aun se mantenía firme al quinto día, cuando D’Artagnan mandó abrir trinchera sin que al parecer supiese que el enemigo debiese nunca rendirse.

Los zapadores y los obreros de D’Artagnan formaban un cuerpo lleno de emulación, inteligente y celoso; porque aquél los trataba como soldados, les hacía glorioso el trabajo, y velaba cuidadosamente por sus vidas.

D’Artagnan despachó un correo a Luis XIV, notificándole los últimos triunfos; lo cual redobló el buen humor de Su Majestad, así como las damas.





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