El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Apoyado en los brazos que de todas partes se tendÃan para recibirlo, D’Artagnan aún tuvo fuerzas para dirigir una postrer mirada a la plaza y divisar la bandera blanca en el principal baluarte; sus oÃdos, ya sordos a los rumores de la vida, percibieron débilmente los redobles del parche que anunciaban la victoria.
Entonces apretó con su crispada mano el bastón bordado de flores de lis de oro, posó en él los ojos, ya sin fuerza para mirar al cielo, y cayó murmurando estas extrañas palabras, que a los soldados les parecieron otras tantas voces cabalÃsticas, voces que en otro tiempo representaron tanto en la tierra, y que nadie comprendÃa, excepto aquel moribundo:
—Athos, Porthos, hasta luego. Aramis, adiós para siempre.
De los cuatro valientes cuya historia hemos narrado, no quedaba más que uno solo: éste era Aramis. La fuerza, la nobleza y el valor se habÃan remontado a Dios; la astucia, más hábil, les sobrevivió y moró sobre la tierra.
