El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro D’Artagnan, ebrio de gozo, hizo una señal al mensajero, que se acercó con la arquilla en las manos; pero en el momento en que el mariscal iba a contemplarla, llamó su atención hacia la ciudad una fuerte explosión ocurrida en las murallas.
—Es extraño —dijo D’Artagnan—, todavÃa no veo flamear en las murallas la bandera real ni oigo tocar llamada.
El mariscal lanzó trescientos hombres de refresco a las órdenes de un valiente oficial, y ordenó que se batiese otra brecha.
Luego, más tranquilo, D’Artagnan se volvió hacia la arquilla que le presentaba el emisario de Colbert y que con tanto esfuerzo habÃa ganado; mas, al tender la mano para abrirla, partió de la ciudad una bala raza que hizo pedazos la arquilla entre los brazos del oficial, hirió en mitad del pecho a D’Artagnan, y le derribó en el suelo, mientras el flordelisado bastón caÃa de aquella mutilada arquilla y, rodando, venÃa a colocarse bajo la desfallecida mano del mariscal.
D’Artagnan, a quien los que le rodeaban suponÃan incólume, intentó levantarse. Entonces, al ver al mariscal cubierto de sangre y cada vez más pálido su noble rostro, su estado mayor prorrumpió en un grito terrible.