El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Ya, ya. Y respecto a las atenciones del señor de Herblay para con vos.
—¡Ah! —exclamó Aramis mirando de hito en hito al gobernador—. ¿Y vos decÃs que no tenéis memoria, señor Baisemeaux?
—SÃ, esto es, tenéis razón —dijo el gobernador interrumpiendo a D’Artagnan—. Os pido mil perdones. Pero tened por entendido señor de D’Artagnan que, convidado o no, ahora y mañana, y siempre, sois el amo de mi casa, como también lo son el señor de Herblay y el caballero que os acompaña.
—Esto ya lo daba yo por sobreentendido —repuso D’Artagnan—. Y como esta tarde nada tengo que hacer en palacio, venÃa para catar vuestra comida, cuando por el camino me he encontrado con el señor conde.
Athos asintió con la cabeza.
—Pues sÃ, el señor conde, que acababa de ver al rey, me ha entregado una orden que exige pronta ejecución; y como nos encontrábamos aquà cerca, he entrado para estrecharos la mano y presentaros al caballero, de quien me hablasteis tan ventajosamente en palacio la noche misma en que…
Ya sé, ya sé. El caballero es el conde de La Fere, ¿no es verdad?
—El mismo.
—Bien llegado sea el señor conde —dijo Baisemeaux.