El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Se queda a comer con vosotros —prosiguió D’Artagnan— mientras yo, voy adonde me llama el servicio. —Y suspirando como Porthos pudiera haberlo hecho, añadió—: ¡Oh vosotros, felices mortales!

—¡Qué!, ¿os vais? —dijeron Aramis y Baisemeaux a una e impulsados por la alegría que les proporcionaba aquella sorpresa, y que no fue echada en saco roto por el gascón.

—En mi lugar os dejo un comensal noble y bueno.

—¡Cómo! —exclamó el gobernador, ¿os perdemos?

—Os pido una hora u hora y media. Estaré de vuelta a los postres.

—Os aguardaremos —dijo Baisemeaux.

—Me disgustaríais.

—¿Volveréis? —preguntó Athos con acento de duda.

—Sí —respondió D’Artagnan estrechando confidencialmente la mano a su amigo. Y en voz baja, añadió—: Aguardadme, poned buena cara, y sobre todo no habléis más que de cosas triviales.

Baisemeaux condujo a D’Artagnan hasta la puerta. Aramis, decidido a sonsacar a Athos, le colmó de halagos, pero Athos poseía en grado eminentísimo todas las virtudes. De exigirlo la necesidad, hubiera sido el primer orador del mundo, pero también habría muerto sin articular una sílaba, de requerirlo las circunstancias.


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