El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—¿Qué decía la carta aquella, monseñor? —preguntó Aramis vivamente interesado.

—Lo bastante para darme a entender que mi ayo era noble, y que mi nodriza, si bien no dama de alto vuelo, era más que una sirvienta; y, por último, que mi cuna era ilustre, toda vez que la reina Ana de Austria y el primer ministro Mazarino me recomendaban de tan eficaz manera.

—¿Y qué sucedió? —preguntó Herblay, al ver que el cautivo se callaba, por la emoción.

—Lo que sucedió fue que el obrero llamado por mi ayo no encontró nada en el pozo, por más que buscó; que mi ayo advirtió que el brocal estaba mojado, que yo no me sequé lo bastante al sol; que mi nodriza reparó que mis ropas estaban húmedas, y, por último, que el fresco del agua y la conmoción que me causó el descubrimiento, me dieron un calenturón tremendo seguido de un delirio, durante el cual todo lo dije, de modo que, guiado por mis propias palabras, mi ayo encontró bajo mi cabecera los dos fragmentos de la carta escrita por la reina.

—¡Ah! ahora comprendo —exclamó Aramis.

—Desde aquel instante no puedo hablar sino por conjeturas. Es indudable que mi pobre ayo y mi desventurada nodriza, no atreviéndose a guardar el secreto de lo que pasó, se lo escribieron a la reina, enviándole al mismo tiempo los pedazos de la carta.


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