El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Después de lo cual os arrestaron y os trasladaron a la Bastilla.

—Ya lo veis.

—Y vuestros servidores desaparecieron.

—¡Ay, sí!

—Dejemos a los muertos —dijo el obispo de Vannes— y veamos qué puede hacerse con el vivo. ¿No me habéis dicho que estabais resignado?

—Y os lo repito.

—¿Sin que os importe la libertad?

—Sí.

—¿Y que nada ambicionabais ni deseabais? ¡Qué!, ¿os calláis?

—Ya he hablado más que suficiente —respondió el preso—. Ahora os toca a vos. Estoy fatigado.

—Voy a obedeceros —repuso Aramis. Se recogió mientras su fisonomía tomaba una expresión de solemnidad profunda. Se veía que había llegado al punto culminante del papel que fuera a representar en la Bastilla.

—En la casa en que habitabais —dijo por fin Herblay— no había espejo alguno, ¿no es verdad?

—¿Espejo? No entiendo qué queréis decir, ni nunca oí semejante palabra —repuso el joven.

—Se da el nombre de espejo al un mueble que refleja los objetos, y permite, verbigracia, que uno vea las facciones de su propia imagen en un cristal preparado, como vos veis las mías a simple vista.


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