El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —No, no habĂa en la casa espejo alguno.
—Tampoco lo hay aquà —dijo Aramis después de haber mirado a todas partes—. Veo que en la Bastilla se han tomado las mismas precauciones que en Noisy-le-Sec.
—¿Con qué fin?
—Luego lo sabrĂ©is. Me habĂ©is dicho que os habĂan enseñado matemáticas, astronomĂa, esgrima y equitaciĂłn; pero no me habĂ©is hablado de historia.
—A veces mi ayo me contaba las hazañas del rey san Luis, de Francisco I y de Enrique IV.
—¿Nada más?
—Casi nada más.
—TambiĂ©n esto es hijo del cálculo; asĂ como os privaron de espejos, que reflejan lo presente, han hecho que ignorĂ©is la historia, que refleja lo pasado, Y como desde que estáis preso os han quitado los libros, desconocĂ©is muchas cosas con ayuda de las cuales podrĂais reconstruir el derrumbado edificio de vuestros recuerdos o de vuestros intereses.
—Es verdad —dijo el preso.
—Pues bien, en sucintos términos voy al poneros al corriente de lo que ha pasado en Francia de veintitrés a veinticuatro años a esta parte, es decir la fecha probable de vuestro nacimiento, o lo que es lo mismo, desde el momento que os interesa.