El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Fácil os será ahora comprender que el rey —continuó el prelado—, que con tal gozo viera asegurada su sucesión, se abandonase al dolor al pensar que en vez de uno tenÃa dos herederos, y que tal vez el que acababa de nacer y era desconocido, disputarÃa el derecho de primogenitura al que viniera al mundo dos horas antes, y que, dos horas antes habÃa sido proclamado. Asà pues, aquel segundo hijo podÃa, con el tiempo y armado de los intereses o de los caprichos de un partido, sembrar la discordia y la guerra civil en el pueblo, destruyendo ipso facto la dinastÃa a la cual debÃa consolidar.
—Comprendo, comprendo —murmuró el joven.
—He ahà lo que dicen, lo que afirman —continuó Aramis—. He ahà por qué uno de los hijos de Ana de Austria, indignamente separado de su hermano, indignamente secuestrado, reducido a la obscuridad más absoluta, ha desaparecido de tal suerte que, excepto su madre, no hay en Francia quien sepa que tal hijo existe.
—¡SÃ, su madre que lo ha abandonado! —exclamó el cautivo con acento de desesperación.
—Excepto la dama del vestido negro y las cintas encarnadas —prosiguió Herblay—, y excepto, por fin…