El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Excepto vos, ¿no es verdad? Vos, que venís a contarme esa historia y a despertar en mi alma la curiosidad, el odio, la ambición, y ¿quién sabe? quizá la sed de venganza; excepto vos, que si sois el hombre a quien espero, el hombre de que me habla el billete, en una palabra, el hombre que Dios debe enviarme, traéis…

—¿Qué? —preguntó Aramis.

—El retrato del rey Luis XIV, que en este momento se sienta en el trono de Francia.

—Aquí está el retrato —replicó el obispo entregando al preso un artístico esmalte en el cual se veía la imagen de Luis XIV, altivo, gallardo, viviente, por decirlo así.

El preso tomó con avidez el retrato y fijó en él los ojos cual si hubiese querido devorarlo.

—Y aquí tenéis un espejo, monseñor —dijo Herblay, dejando al joven el tiempo necesario para anudar sus ideas.

—¡Tan encumbrado!, ¡tan encumbrado! —murmuró el preso devorando con la mirada el retrato de Luis XIV y su propia imagen reflejada en el espejo.

—¿Qué opináis? —preguntó entonces Aramis.

—Que estoy perdido —respondió el joven—. Que el rey nunca me perdonará.


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