El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Pues yo me pregunto —replicó el obispo fijando en el preso una mirada brillante y significativa— cuál de los dos es el rey, si el que representa el retrato, o el que refleja ese espejo.
—El rey es el que se sienta en el trono, que no estás preso, y que, al contrario manda aprisionar a los demás. La realeza es el poder, y ya veis que yo no tengo poder alguno.
—Monseñor —dijo Herblay con respeto más profundo que hasta entonces—, tened por entendido que, si queréis, será el rey el que, al salir de la prisión sepa sostenerse en el trono en el que le colocarán sus amigos.
—No me tentéis —dijo con amargura el cautivo.
—No flaqueéis, monseñor —persistió con energÃa el obispo—. He traÃdo todas las pruebas de vuestra cuna, consultadlas, demostraos a vos mismo que sois hijo del rey, y, después, obremos.
—No, es imposible.
—A no ser que —añadió con ironÃa el prelado— sea corriente en vuestra estirpe que los prÃncipes excluidos del trono sean todos ellos cobardes y sin honor, como vuestro tÃo Gastón de Orleans que una y otra vez conspiró contra su hermano el rey Luis XIII.
—¿Mi tÃo Gastón de Orleans conspiró contra su hermano? —exclamó el prÃncipe despavorido—. ¿Conspiró para destronarlo?