El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —SÃ, monseñor.
—¿Qué me decÃs?
—La pura verdad.
—¿Y tuvo amigos… fieles?
—Como yo lo soy vuestro.
—¿Y sucumbió?
—SÃ, monseñor, pero por su culpa, y para rescatar, no su vida, porque la vida del hermano del rey es sagrada, inviolable, sino para rescatar su libertad, vuestro tÃo sacrificó hoy, el baldón de la historia y la execración de innumerables familias nobles del reino.
—Comprendo —repuso el prÃncipe—. Y mi tÃo ¿mató a sus amigos por debilidad o por traición?
—Por debilidad; lo cual equivale siempre a la traición en los prÃncipes.
—¿No puede uno sucumbir por incapacidad, por ignorancia? ¿Estimáis vos que un pobre cautivo como yo, no solamente educado lejos de la corte, mas también de la sociedad, pueda ayudar a los amigos que intentaren salvarlo?
Y en el instante en que Aramis iba a responder, el joven exclamó de improviso y con Ãmpetu, que reveló el ardor de su sangre:
—SÃ, hablamos de amigos; pero ¿a tÃtulo de qué tendrÃa yo amigos, cuando no hay quien me conozca, y, para agenciármelos, no tengo libertad, dinero, ni poder?