El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Ya he tenido la honra de ofrecerme a Vuestra Alteza Real —dijo Aramis.
—No me deis ese calificativo; es una irrisión o una crueldad. ¿Para hablarme de grandeza, de poder y aun de realeza debÃais escoger una prisión? Queréis hacerme creer en el esplendor, y nos ocultamos en las tinieblas. Me ensalzáis en la gloria, y ahogamos nuestras palabras bajo las colgaduras de esta cama. Me hacéis vislumbrar la omnipotencia, y oigo en el corredor los pasos del carcelero, pasos que os hacen temblar a vos más que no a mÃ. Para que sea yo menos incrédulo, arrancadme de la Bastilla; dad aire a mis pulmones, espuelas a mis talones, una espada a mi brazo, y empezaremos a entendernos.
—Ya es mi intención daros todo eso, y más, monseñor; pero ¿lo queréis vos?
—No he acabado todavÃa —repuso el joven—. Sé que hay guardias en todas las galerÃas, cerrojos en todas las puertas, cañones y soldados en todos los rastrillos. ¿Cómo venceréis vos a los guardias?, ¿cómo clavaréis los cañones? ¿Con qué romperéis los cerrojos y los rastrillos?
—¿Cómo ha llegado a vuestras manos el billete en el cual os he anunciado mi venida, monseñor?
—Para un billete basta sobornar a un carcelero.