El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Pues quien dice un carcelero, dice diez. Admito que sea posible arrancar de la Bastilla a un pobre preso, que lo escondan en sitio donde los agentes del rey no puedan tomarlo, y que nutran convenientemente al desventurado en un asilo incógnito.
—¡Ah! monseñor —repuso Aramis sonriéndose.
—Admito que el que hiciese tal por mÃ, fuese ya más que un hombre; más siendo yo, como decÃs, prÃncipe, hermano de rey, ¿cómo vais a devolverme la categorÃa y la fuerza que mi madre y mi hermano me han ocultado? Si debo pasar una vida de rencores y de luchas, ¿cómo haréis que yo venza en los combates y sea invulnerable a mis enemigos? ¡Ah! antes bien sepultadme en negra caverna y en lo más intrincado de una montaña: proporcionadme la alegrÃa de oÃr en libertad los rumores del rÃo y del llano, de ver en libertad el sol, el firmamento, las tempestades; esto me basta. No me prometáis más, porque no podéis darme más y el engañarme serÃa un crimen, tanto más cuanto os llamáis mi amigo.