El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Monseñor —repuso Aramis después de haber escuchado respetuosamente—, admiro el firme y recto criterio que dicta vuestras palabras, y me huelgo mucho de haber adivinado en vos a mi rey. Se me habÃa olvidado deciros, monseñor, que si os dignara dejaros guiar por mÃ, sà consintierais en ser el prÃncipe más poderoso de la tierra, servirÃais los intereses de los muchos amigos que están dispuestos a sacrificarse por el triunfo de vuestra causa.
—¿Muchos decÃs?
—Muchos, sÃ, y con todo eso más importantes por su poderÃo que no por el número.
—Explicaos.
—No puedo; pero os juro ante Dios queme escucha, que me explicaré el dÃa mismo en que os vea sentado en el trono de Francia.
—Pero ¿y mi hermano?
—Seréis vos el árbitro de su suerte. ¿Acaso le compadecéis?
—¡Quién!, ¿yo compadecer al queme hace pudrir en un calabozo? ¡Nunca!
—¡Enhorabuena!