El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Si él mismo hubiese venido a este calabozo, y, tomándome la mano, me hubiese dicho: «Hermano mÃo, Dios nos ha creado para que nos amemos, no para combatirnos. Vengo a vos, hermano mÃo. Un perjuicio bárbaro os condenaba a perecer en la obscuridad, lejos de los hombres, privado de todos los goces, y yo quiero que os sentéis junto a mÃ, y ceñiros la espada de mi padre ¿Aprovecharéis esta reconciliación para destruir mi poder o para oprimirme? ¿Haréis uso de esa espada para derramar mi sangre?…», le hubiera respondido yo «¡Oh! no, os miro como a mi salvador, y os respetaré como a rey mÃo. Me dais mucho más que no me habÃa dado Dios. Por vos, gozo de la libertad: por vos tengo el derecho de amar y ser amado en este mundo».
—¿Y habrÃais cumplido vuestra palabra, monseñor?
—SÃ. Mas, ¿qué me decÃs del admirable parecido que Dios me ha dado con mi hermano?
—Que tal parecido encerraba un aviso providencial que el rey debió no haber despreciado: que vuestra madre ha cometido un crimen al hacer diferentes en dicha y en fortuna a aquellos que la naturaleza creara tan parecidos en su seno, y que el castigo debe reducirse a restablecer el equilibrio.
—¿Lo cual significa?…