El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Que si os devuelvo vuestro sitio en el trono de vuestro hermano, vuestro hermano tomará aquà el vuestro.
—¡Ay!, ¡se padece mucho en una prisión, sobre todo cuando se ha bebido con abundancia en la copa de la vida!
—Vuestra alteza quedará libre de hacer lo que más le plazca; perdone si bien le parece, una vez haya castigado.
—Está bien. Y ahora dejad que os diga que no volveré a escucharos sino fuera de la Bastilla.
—Iba a decir a Vuestra Alteza que sólo me cabrÃa la honra de veros una vez más.
—¿Cuándo?
—El dÃa que mi prÃncipe salga de este lúgubre recinto.
—Dios os escuche. ¿De qué manera me avisaréis?
—Vendré por vos.
—¿Vos mismo?
—No salgáis de este aposento sino conmigo, monseñor, y si en mi ausencia os compelen a ello, recordad que no será de mi parte.
—¿Luego sobre el particular no debo decir palabra a persona alguna más que a vos?
—Únicamente a mà —respondió Aramis inclinándose y asiendo la mano que le tendió el preso.