El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Caballero —dijo el cautivo afectuosamente—. Si habéis venido para devolverme el sitio que dios me habÃa destinado al sol de la fortuna y de la gloria: si, por vuestra mediación, me es dado vivir en la memoria de los hombres, y honrar mi estirpe con actos gloriosos o por el bien que haya hecho a mis pueblos, si, desde la tristÃsima situación en que languidezco, subo a la cumbre de los honores, sostenido por vuestra generosa mano, compartiré mi poder y mi gloria con vos, a quien bendigo, a quien doy de todo corazón las gracias. Y aun quedaréis poco pagado; siempre será incompleta vuestra parte, porque nunca conseguiré compartir con vos toda la dicha que me habéis proporcionado.
—Monseñor —dijo Aramis, conmovido ante la palidez y el arranque del preso—, la nobleza de vuestra alma me colma de gozo y de admiración. No os toca a vos darme las gracias, sino a los pueblos de los cuales labraréis la dicha, a vuestros descendientes, a quienes haréis ilustres. Es verdad, monseñor, me deberéis más que la vida, pues os habré dado la inmortalidad.
El cautivo tendió la mano al Aramis, y al ver que éste se la besaba de rodillas, lanzó una exclamación de seductiva modestia.
—Es el primer homenaje prestado a nuestro futuro rey —dijo el prelado—. Cuando vuelva a veros, os diré: «Buenos dÃas, Sire».